Cómo criar niños que digan la verdad

Educación

02/05/2018


nina en la cama jugando plumas

Hemos elegido la frase de Unamuno como título para ilustrar el dilema moral relacionado con la honestidad. ¿Es mejor decir y buscar la verdad, sea cual sea su precio y consecuencias, o ser deshonestos con los demás o nosotros mismos en aras de la tranquilidad? El filósofo bilbaíno lo tenía claro, y aparentemente nosotros como sociedad, también. La honestidad es un valor que queremos cultivar entre nuestros hijos.

Porque, efectivamente, hay que cultivarlo; según parece no nace y crece solo. Como todo principio moral, no es innato al ser humano (aunque haya gente mejor predispuesta a ello que otra). Por eso, no debemos extrañarnos si encontramos en nuestros hijos comportamientos deshonestos (un ejemplo claro: mentir acerca de quién se ha comido las galletas mientras las migas todavía están cayendo por la barbilla).

De modo que hacia los cinco años los niños son unos mentirosos de categoría. Muchas veces para no decepcionar a sus padres, y muchas otras porque no tienen claro el concepto de honestidad. Al fin y al cabo, vienen de una etapa egocéntrica en la que ellos son lo único importante en el mundo (y muchas veces así se lo explicitamos como padres).

 

nino con corazon en la mano

La honestidad es un valor social interiorizado

Le comportamiento honesto puede parecer contraproducente a un niño cualquiera; ¿por qué asumir un mal comportamiento con consecuencias negativas si puede evitarse con una mentira, sin poner en riesgo los beneficios de ese mal comportamiento? La respuesta (porque daña a los demás y está mal moralmente) sólo se entiende desde una perspectiva social. Debemos luchar cada día para inculcar esa perspectiva en las cabecitas de nuestros hijos.

En un estudio de 2017 se colocó a varios niños ante un cuento en el que aparecía un comportamiento deshonesto (robar caramelos a un amigo), con dos posibles finales (confesar la villanada o no). Se comprobó que los niños que saben que sus padres estarán felices si se comportan con honestidad relacionan sensaciones positivas con esta honestidad. El poder del refuerzo paternal queda, pues, demostrado.

Puede que esté de más decirlo y que suene repetitivo, pero el ejemplo que nuestros hijos vean en nosotros resulta decisivo. Aprovecharse de la debilidad ajena o engañarnos respecto al efecto de nuestros actos (a veces sencillos, saltarnos una cola o “robar” una plaza de aparcamiento a alguien que estaba esperando antes que nosotros) no pasan desapercibidos a nuestros hijos.

La capacidad para reconocer esas pequeñas fallas cotidianas de nuestra honestidad es muy importante, porque prácticamente nadie verá “normal” que sus hijos roben, pero sí que copien en un examen o se aprovechen del trabajo de un compañero (lo llamamos “ser espabilado” con toda nuestra cara). No se trata de convertirse en estrictos puritanos, sino de mostrar a nuestros hijos las verdaderas fronteras de la honestidad.

 

Algunas ideas importantes

Hay varias cuestiones fundamentales que debemos tener siempre presentes para educar a nuestros hijos en la honestidad. La primera: nada de disculpar sus malas conductas. Deben encarar las consecuencias de sus actos de manera responsable. Bien está explicarles y advertirles antes las consecuencias positivas o negativas de cualquier situación donde se plantee la alternativa honestidad/deshonestidad.

La honestidad se basa no tanto en respetar unas “leyes” sociales como en ser capaz de ponerse en el lugar del otro para ahorrarle un perjuicio. La empatía y el respeto a los demás se vuelven fundamentales, ya que una buena razón (que no la única) para ser honesto es que al niño no le gustaría que un tercero sea deshonesto con él.

La valoración de los padres es otra razón para ser honesto. Debemos dejar claro a nuestros hijos qué valoramos más: que saquen buenas notas, que sean felices o que sean buenos. Los extremos no son buenos en este sentido, y no hay que colocar una sola de esas cosas como objetivo central en la vida, sino saber mantenerlas en un sabio equilibrio (cuya receta no tenemos, por supuesto).

Nuestra actitud ante un acto deshonesto de nuestros hijos (una mentira, por ejemplo) no debe recordar a la de los policías o los fiscales, sino más bien a la del mejor compañero de celda posible: alguien que le comprende, no le censura y le recuerda por qué está mal lo que ha hecho y cuáles serán las consecuencias negativas para los demás y para él mismo.

 

Fuentes:

How to raise an honest kid | The Cut 

How to raise an honest kid instead of a better liar | The Washington post

Seis verdades sobre los niños y las mentiras | De mamas y papas

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