Hiperpaternidad y educación

Crianza

30/01/2017


hiperpaternidad y educacion

La hiperpaternidad es un término que últimamente aparece en la mayoría de conversaciones y debates sobre la educación y crianza de los hijos. El término, acuñado por Eva Millet en su libro Hiperpaternidad: del modelo mueble al modelo altar, hace referencia a conductas de sobreprotección que acarrean consecuencias indeseables tanto para los niños como para los propios padres.

Seguramente, casi todos los padres tengamos en mayor o menor medida conductas de “hiperpadres” aunque nosotros mismos no seamos conscientes de ello: estar constantemente pendientes de nuestros hijos, querer que todo a su alrededor sea perfecto y estar dispuestos a todo para evitarles cualquier disgusto, son conductas que indicarían que estamos siendo influenciados por esta nueva corriente.

En la hiperpaternidad llevada al extremo, los padres convierten a sus hijos en el centro del núcleo familiar, y su educación y bienestar en su prioridad absoluta, y a veces única. Pero ¿cómo reconocer si somos hiperpadres? La atención excesiva, la sobreprotección y la estimulación precoz llevada al extremo son indicadores principales de la hiperpaternidad. Hablar en plural (“hoy tenemos clase de inglés”), elegir forzosamente entre veinte colegios distintos y una agenda sobrecargada de actividades extraescolares podrían ser síntomas más concretos.

 

Somos padres helicópteros, apisonadoras, guardaespaldas, tigres, mánagers…

 

Podemos ver si pecamos de hiperpadres con ejemplos más ilustrativos:

  • Helicópteros: Los “helicópteros” son los padres que sobrevuelan a sus hijos en todo momento.

  • Apisonadoras: Las “apisonadoras”, aquellos que allanan constantemente el camino a sus hijos, ahorrándoles dificultades.

  • Guardaespaldas: Los “guardaespaldas”, los que desaprueban incluso que otras personas los toquen.

  • Mánagers: Los “mánagers”, los que programan sus vidas para hacer de ellos los mejores.

  • Bocadillos: Los que sostienen la merienda a la espera de que el niño se digne a darle un bocado…

 

niño dependiente

Esta nueva forma de educar viene a sustituir la de la generación anterior, en la que ignorar a los niños en determinados momentos se consideraba una práctica adecuada y común incluso entre diferentes clases sociales. La crianza de nuestra propia generación tiene mucho que ver con el éxito de este nuevo modelo, así como otras características propias del tiempo que nos ha tocado vivir: tenemos hijos únicos y tardíos en los que volcamos las expectativas inherentes a una sociedad muy competitiva.

La hiperpaternidad lleva consigo múltiples consecuencias negativas para los padres y para los hijos. Acostumbrados a que los padres se lo den todo mascado, los niños se vuelven tiranos, generan más miedos (a dormir solos, por ejemplo), una baja tolerancia a la frustración (lo quiero, lo tengo), poca responsabilidad fruto de una vida dirigida y una escasa cultura del esfuerzo. Los padres, abrumados por intentar vivir dos vidas al mismo tiempo, también acabamos estresados y frustrados.

Pero tranquilos, hay alternativas. Podemos recurrir al underparenting, corriente educativa también conocida como “sana desatención”. No significa que tengamos que pasar de nuestros hijos, sino ser conscientes de que los niños tienen que afrontar dificultades y conocer reveses (tanto físicos como emocionales), entender que no todo es posible cuando y como ellos quieren, y ayudarles a que ejerciten una sana autonomía.

 

Algunos ejercicios prácticos para fomentar su autonomía pasarían por no llevarles la mochila al salir del colegio (en todo caso aligerársela), acostumbrarlos a que ayuden en casa con las tareas del hogar, a que sean capaces de prepararse la comida a partir de los doce años… Por otro lado, a veces equivocamos el concepto de autonomía con la toma de decisiones; tampoco se puede preguntar a niños de tres o cuatro años qué quieren comer o hacer en todo momento.

 

No siempre es fácil y a veces es difícil discernir si entre todas las actividades estimulamos o agobiamos a nuestros hijos. Según los expertos, los niños han de tener tiempo para jugar cada día y no tener más de tres tardes ocupadas por actividades extraescolares. Aburrirse es bueno y necesario; fomenta la creatividad y la autonomía, y como padres no debemos preocuparnos si un fin de semana no hemos organizado nada y no tenemos un plan para hacer con los niños.


Como decíamos al principio, hoy en día todos somos un poquito hiperpadres en mayor o menor medida, pero es una tendencia que una vez identificada debemos corregir, ya que, como todo en exceso, no acarrea nada bueno. No se trata de abandonar a los niños a su suerte, sino de relajarnos un poco más, aplicar mucho sentido común y buscar el equilibrio; algo que es más fácil de decir que de hacer, desde luego…

 

 

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